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Arrebato y Esperanza en el Agustino

Carlos arrebató a una muchacha su teléfono celular en una calle del barrio; luego, fue detenido. Con la intervención del equipo del Proyecto Piloto de Terre des hommes Lausanne y Encuentros Casa de la Juventud en El Agustino, se estableció una experiencia inicial de acercamiento entre ofensor y víctima, en este caso, ambos adolescentes. Ellos hablan ahora de la experiencia vivida: Liliana cuenta de qué modo procesó su miedo y su deseo de justicia; Carlos muestra sus avances y limitaciones en el arduo proceso de cambiar de rumbo.

Liliana: Que no se termine de malograr ese chico

Tengo 16 años, me dedico a estudiar, estoy en quinto año de media. Creo en Dios, voy a misa. Practico básquet. En mi barrio consumen drogas, los chicos de la esquina, y la delincuencia está terrible, roban por todas partes, a mi mamá le han robado y a mi papá también. No se puede vivir tranquila. Dicen que ésta es zona roja, o sea peligrosa. Hay droga en todo sitio y no respetan ni a los viejos, a los niños también les roban.

Yo estaba caminando hacia mi casa, venía del colegio y estaba en la esquina con el celular en el bolsillo, no pensaba que me iban a robar. Entonces saqué el celular porque entró una llamada y un chico vino de pronto y me lo arrebató de la mano. Me quedé parada, diciéndome “qué hago, qué hago”. El chico se iba caminando, ni siquiera corría; entonces fui tras él, diciéndole “amigo, devuélveme mi celular pues”, y él se alejaba. Entonces echó a correr y lo seguí, corriendo también; él se metió por una calle que sube al cerro y yo le seguí, gritando “ayúdenme, me ha robado”, pero nadie me ayudaba, nadie quería meterse, tenían miedo. El chico se escapó.

Ya me iba a mi casa, pero de casualidad volví a encontrarlo por el trébol. Todo fue muy rápido; me acerqué al chico, me prendí de él diciéndole “dame, dame mi celular”, y empecé a gritar pidiendo ayuda; para mi suerte, en ese momento pasaba un carro del serenazgo. El chico se me soltó y escapó pero los serenos lo persiguieron y lo agarraron ahí mismo. Luego, todos juntos fuimos a la comisaría de San Cayetano, donde hicieron trámites y me dijeron que contara lo que había pasado. El serenazgo entregó el celular a la policía. Todo esto tomó largo rato; cuando terminaron ya era muy tarde, las cinco de la tarde; mis padres estaban enojados, me regañaron y yo me puse a llorar, entonces les conté todo y lloré más todavía.

Cuando me robaron sentí mucho miedo, que el mundo se me venía encima, pero también me dio vergüenza quedarme ahí parada, sin reaccionar, como una tonta ante la gente que me miraba. Si me quedo parada, pierdo pues, qué respeto tendría ante mí. Por eso lo seguí, aunque con mucho temor de que me hiciera daño.

Creo que la justicia actuó bien. Yo pensaba que todo iba a quedar ahí y que al chico que me robó simplemente lo iban a soltar. Pero no fue así, a él lo interrogaron y todo; luego, me devolvieron mi celular. Yo sólo quería que me lo devolvieran, no tenía interés en que al chico lo metan preso para que se termine de malograr, es menor de edad. El chico se comprometió a enmendarse, a dejar las drogas y no robar, y me pedía disculpas.

Luego de un tiempo me enteré que, de veras, estaba participando en un programa de apoyo. Yo me sentía bien. Creo que hicieron justicia; justicia con él pero también justicia conmigo. Lo de menos son las cosas materiales. Aunque al principio sólo pensaba en mi celular, mi celular, que esto que el otro, pero me he dado cuenta que las cosas materiales se pueden volver a conseguir. Está bien la ayuda que le dan a ese chico porque si las cosas se dejan como están sólo empeoran.

A los que roban, si son chicos, hay que ayudarlos como al que me robó. Pero si no quieren cambiar, entonces no podría decir qué se puede hacer. Tampoco se puede mandar en ellos; si no tienen la voluntad de ayudarse a sí mismos, nadie les puede ayudar. Pero si de algún modo es posible ayudar hay que hacerlo; si no, nada va a mejorar.

Carlos: Siento que estoy cambiando

Tengo 16 años. Fui a la escuela hasta los 13, hasta tercero de primaria. Desde entonces empecé a robar, a fumar droga. No soy hincha de ningún equipo; tampoco soy religioso; no hago ningún deporte. Mi barrio es un sitio donde encuentras de todo pues, droga, bacilón; yo también empecé a chapar droga, un huiro, dos, y como no podía comprar empecé a robar, robaba en todo sitio, en mi barrio, también en San Juan. Aprovechaba un descuido y me levantaba un celular. Necesitaba plata para droga o para comprarme un polo, un pantalón. Fumaba a forro; la marimba me tenía loco.

Finalmente a una chiquilla le robé y casi-casito termino en Marangaza. Me cayó la parca, me llevaron a la policía, me encierran en una oficina, me preguntan de qué barrio eres: dije que era de otro sitio; luego confesé que soy de aquí, de Agucho. Después, a la fiscalía. No me sentí incómodo, para nada; les solté toda la historia; creía que me iban a soltar rápido no más. Me han detenido antes muchas veces, me llevaban a la comisaría, a veces incluso me quedaba callado no más y me soltaban; pero esta vez, no.

Alguien llamó a los del proyecto. Vinieron, me hablaron bonito, que tenía que rehabilitarme, ser mejor persona, tener futuro, que me iban a ayudar. Me baciló harto. Pero salí y no les paré bola, me iban a buscar a mi casa y no me encontraban. Como me desaparecí, también me empezaron a buscar los tombos, por todos lados me buscaban, pero mi barrio es puro callejones y no me empelotaban, no me empelotaban. Pero poco a poco comprendí y empecé a venir.

Sí, he conocido a la agraviada. No pienso nada sobre ella; si le he robado, le robé pues. No siento nada. Para mí fue fácil llegar a un acuerdo con ella. Dije, voy a internarme, y punto. Me comprometí a internarme no más, a estar acá y a poner de mi parte. Estoy cumpliendo, aunque se me hace difícil porque a veces me gustaría seguir en droga o conseguir plata fácil. Es lo que hice desde los 13 años. Para mí es difícil salir de eso, pero no imposible. Cada vez trato de poner más de mi parte.

Siento que estoy cambiando al participar en este programa. Antes para mí la vida era la pendejada nada más, la cosa fácil, todo era mío, lo que podía coger. Ahora tengo otro pensamiento, trabajar, poner de mi parte. Es difícil, pues nunca he trabajado. Pienso que si quiero trabajar, lo voy a lograr. Tengo 7 meses acá en el programa, me faltan 5 meses. No sé si voy a regresar a mi barrio, me gustaría cambiar de sitio, tengo temor a no poder cambiar, a seguir en lo mismo, volver a todo lo que hice antes.

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Testimonios obtenidos por Julio César Cruzado

Este artículo fue publicado en Justicia Para Crecer. Revista Especializada en Justicia Juvenil Restaurativa. No. 3 Julio-Septiembre 2006. Lima, Perú.

http://www.justiciaparacrecer.org

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